La receta puede estar perfecta y la lente ser de la mejor marca, pero si el centro óptico no coincide con la pupila del paciente, aparece un efecto prismático no deseado: dolor de cabeza, fatiga visual, visión borrosa y, en muchos casos, la devolución del trabajo. Un error de apenas 2 mm basta para provocarlo, y el problema se agrava con las altas graduaciones y los progresivos, donde el corredor de progresión no perdona un centrado impreciso. El pupilómetro elimina ese margen de error: mide la distancia interpupilar con precisión objetiva, permite medición monocular —clave porque casi ningún rostro es perfectamente simétrico— y trabaja tanto en visión lejana como próxima. Es uno de los equipos más económicos de la óptica y, sin embargo, uno de los que más rehacer de trabajos evita.
