La diferencia con una lámpara frontal de cintillo no es menor. Al ir fijada sobre una montura tipo gafas, la fuente de luz queda a la altura exacta de los ojos y no unos centímetros por encima: la iluminación resulta verdaderamente coaxial con el eje de visión, y la sombra que el propio profesional proyecta sobre el campo desaparece incluso en cavidades profundas o ángulos cerrados, donde una banda para la cabeza ya empieza a fallar.
El otro beneficio es el peso. La montura reparte la carga entre el puente de la nariz y las orejas, sin la presión constante que un cintillo ejerce sobre la frente y la sien —esa que, en la tercera hora de trabajo, se convierte en dolor de cabeza. Y como se coloca y se retira como unas gafas, entrar y salir del campo estéril deja de ser una maniobra.
Al elegir, atienda al peso total del conjunto, a la temperatura de color —una luz neutra o fría reproduce mejor el tejido— y a la autonomía de la batería, que debe cubrir la jornada completa sin recambios a mitad de un procedimiento.
